viernes, 9 de agosto de 2013

Vernos - Sesiones de Ciclovía


He aquí el primero de una serie de videos de la banda Milmarias (parceros queridos) llamados Sesiones de Ciclovía. Este realizado por su servidor. Disfrutar y compartir.



miércoles, 29 de mayo de 2013

Tributo al Apocalipsis


Las sombras que se producen por la vela bailan al agridulce ritmo vallenatero del vecino corroncho. Las paredes delgadas siempre han sido un problema. Maldito edificio de quinta. Nunca debí mudarme aquí. 

Ya todo está listo. El símbolo, aunque tomó tiempo, está firmemente dibujado. Las ventanas sólidamente tapadas con tablones que he encontrado por la calles. Lo único que ilumina mi insignificante sala es aquella tenue luz de vela rebelde, que decide irse por el camino fácil de aquella música espantosa. Todo está listo. Esto se acaba ahora. 

Tantos siglos de penuria, tanto abuso, odio, terror. Todo se acaba ahora. No más vallenato ni reggaeton, no más jefes injustos. No más insultos en la calle. No más casera azarando por las cuotas en mora. Basta de ser el último en la fila. No más abusos y no más dolor para nadie. Nunca más. 

El libro está demasiado viejo ya. Debo tratarlo con delicadeza, advirtieron los del anticuario. Mucho lo había buscado. Incontables horas perdido en los mares de la virtualidad. Paseando por las bibliotecas en busca de crípticas pistas y oscuras referencias. Siempre con la sensación de que alguien me seguía. Sé ahora que alguna fuerza sobrehumana humana vigila la búsqueda de este libro. O tal vez me empuja hacia él. Finalmente lo encontré. Hace un par de semanas que lo ordené como carga frágil de un coleccionista privado en Ankara. Afortunadamente no he sido muy dado a gastos y lujos extravagantes, a excepción de éste. La búsqueda dio frutos y mandé a traer otras páginas e instrucciones que andaban repartidas por todo el mundo. Al fin y al cabo ¿Cómo podría ser fácil invocar al Apocalipsis? 

Ayer llegó la última parte del manuscrito innombrable desde una recóndita guarida de Buenos Aires. Todo está dado ya. No hay marcha atrás. Se acaban las guerras, las injusticias. Estoy dispuesto a acabar como un héroe anónimo de esta sangrienta y odiosa cruzada. Ayer un niño pequeño, mientras era regañado por su madre (y a causa de este mismo regaño), vomitaba sobre de todos los pasajeros de un bus de transporte público. Yo estaba en primera fila. No más humillación. Para nadie. Nunca más. 

He ordenado todos los papeles según está escrito. Su posicionamiento es una espiral. Empiezo entonces con la aguda faena de leer los encantamientos sacrílegos en el orden respectivo. Mis manos tiemblan y sudan precipitadamente. Procuro que mi sudor no caiga en los antañosos papeles marrones. Siento que algo respira bajo la puerta de entrada a mi apartamento. Me está acosando. Me previene. O tal vez trata de detenerme. Me apresuro para salvar al mundo destruyéndolo. Asegurar el fin de esta cáustica humanidad. El acordeón retumba disonante por el edificio. 

Hablo en lenguas incoherentes y antiguas a una velocidad inusitada. Algo intenta abrir la puerta. Avanzo frenéticamente en mi tarea. La luz de las velas empieza a bailar una danza macabra y tremenda. Las letras antiguas se borran frente a mí, y otras tantas empiezan a aparecer en un lenguaje desconocido, pintándose en una brillante tinta roja. Percibo cómo las paredes crujen a mí alrededor. Faltan apenas párrafos para que todo acabe. La estridencia del vallenato no se detiene, y al parecer, colabora con la cacofonía ya presente. El edificio se mueve de forma bestial. La fuerza oscura que espera en el pasillo araña con ímpetu la madera de la entrada. 

Acabo el encantamiento. La luz se apaga para siempre en un infinito silencioso. 

Me despierto de nuevo con el golpeteo en la puerta. Me sobresalto. Todo está igual que antes. Lo único que ha cambiado son los papeles viejos y mohosos en desorden por el suelo. Agarro una escoba para protegerme y me acerco para abrir la puerta, preparado para ser desbaratado por un monstruo invisible. Me tomo mi tiempo. Respiro hondo. Abro la puerta de un golpe seco. Es la casera pidiendo el arriendo de nuevo. El Apocalipsis no llegó. 

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Han pasado ya varios días desde el evento. Ando desubicado. Hace mucho tiempo esperaba esto. Renuncié al trabajo de archivador y desde la última semana sólo he comido arroz con huevo para ahorrar los pocos centavos que me quedan. Paso los días caminando desolado por las calles hirvientes de la ciudad. Camino cerca de una familia indígena que consta de una madre y cuatro criaturas pidiendo monedas. No les podría dar nada así quisiera. Giro la esquina y dos policías agarran a patadas a un indigente. Me asomo a la panadería y veo que en nuestro país los acuerdos de paz se firman por televisión, pero nada cambia realmente. Al otro lado del mundo las bombas nucleares se mantienen activas, perpetuando una Guerra Fría que nunca acabó. 

Y ahora caigo en cuenta de todo. Alguien ya se me había adelantado. Ese alguien triunfó en el intento. El mundo se viene acabando desde hace rato. Poco a poco. El Apocalipsis es lento como la melaza.

jueves, 28 de febrero de 2013

La Esclavitud Moderna del Capital ::: Parte I :::


Quiero, NECESITO mantener actualizado el blog con una entrada al mes como mínimo. 

Pero no puedo. 

El Capital desgraciado no me lo permite. 

Algún día sueño con poder escribir una experta disertación sobre el horrible Capital y las cadenas que ha lanzado sobre nosotros. 

Pero no será hoy el día. 

No pude escribir nada porque El Capital desgraciado no me lo permite.

lunes, 28 de enero de 2013

Pasaje Salteño


Hace varios años ya, cuando aún vivía en la fría Buenos Aires, me veía obligado a cruzar por un sector muy particular para llegar a mi lugar de estudios. La academia quedaba en un barrio deprimido de la ciudad llamado Constitución, sector de inmigrantes y prostitutas que en la calle hacían gala de su mercadería ecléctica y salvaje.

Todos los días el colectivo me dejaba a varias cuadras de mi destino. De allí tenía que caminar por una calle oscura y angosta, precisamente el mismo territorio donde las prostitutas y los trans-vestidos ejercían su derecho al trabajo. Transitaba durante varios minutos por entre casuchas desmoronadas, misceláneas de contrabando y mujercitas tristes de faldas
cortas que mostraban sus atributos sin pudor. En el trayecto era abaleado por pícaras sugerencias y sutiles galanterías por las damas de la calle, algo que siempre me pareció curioso y divertido. Después de recorrer un rato por semejantes vistas, la ciudad regresaba a su estado normal; al frío asfalto y a la arquitectura opresiva que me forzaban a volver a la realidad, a hundirme de nuevo en la ruina de la soledad.

Fue hasta unas semanas de iniciada mi estadía que apareció una nueva chica en el harén: una mujer morena, robusta, con senos gigantescos y camisillas tan cortas que la hacían parecer un embutido mal hecho. Su porte y la anchura de su espalda daban la impresión de que fácilmente podía ser un hombre con sexo invertido. Si ese era el caso, ella era tan capaz de la venta como sus otras compañeras de oficio. La primera vez que pasé frente a ella, se regó más que ninguna en adulaciones y besos lanzados, lo cual me hizo sonrojar un poco. De todas maneras le miré a los ojos y nos reímos brevemente. Me dejó con una sonrisa en la boca el resto de la tarde.

Pasaron más semanas aun, y me di cuenta que los coqueteos de esta curiosa mujer sólo se centraban en mí. Ni con los hombres que venían delante, ni con los que me seguían los pasos, era ella tan efusiva ni amable. Enseguida me miraba y se derretía en seducciones para conmigo. La cosa se volvió costumbre, y aunque yo nunca fui capaz de hacer uso de sus favores, siempre veía con buenos ojos los piropos lanzados por ella. Incluso a veces le correspondía con un guiño o un beso al viento. ¿En dónde puede conseguir uno tamaña muestra de afecto sin ningún esfuerzo a cambio?

Sin embargo, un día sin previo aviso, el colectivo en el que me transportaba cambió de ruta por un par de manzanas (de esas decisiones irracionales que suele tomar la municipalidad en una fecha cualquiera). Ahora me dejaba mucho más cerca a mi destino, pero ya no tenía que pasar por aquel camino amoroso. De ello no pensé nada hasta que pasaron unos días, y empecé a olfatear que faltaba algo en mi vida. Los árboles se veían más grises que de costumbre, y los kiosqueros dejaron su amabilidad para otras ocasiones. Dormía mal y comía peor. Me senté a repasar mis acciones habituales, y no me tomó mucho tiempo encontrar la falla. De esos detalles cotidianos, bien dicen, uno no se da cuenta hasta que los pierde. Entendí que la ausencia de esa dosis diaria de cariño me empezaba a carcomer el alma.

Un día taciturno, decidí regresar a la calle del distrito rojo para probar mi teoría. Caminé circunspecto por entre los vendedores, pasando mujeres marchitas en busca de la prostituta voluptuosa. Nos encontramos mientras ella salía de un kiosco, con un perro caliente en su mano derecha. Su rostro estaba marcado por el rímel aguado que había fluido por sus mejillas. Una mujer baja y rellena la acompañaba, pero al verme decidió dejarnos solos. Yo la saludé, y ella hizo lo mismo. Tenía tufo a Fernet y maní. Le conté que ya el colectivo no pasaba por ahí, y que por eso no había vuelto. Ella sonrió y mostró unos dientes chuecos y renegridos. Me dijo que extrañaba verme pasar. Yo también, le respondí. La tomé de las manos, cuidando que el perro caliente no cayera al piso. Le prometí que aunque no tuviera que pasar por allí de nuevo, lo haría diariamente, así fuera después de clases. Incluso vendría los domingos después del partido. Ella asintió con la cabeza y dejó escurrir una última lágrima negra. Nos abrazamos, y aún creí posible que antes ella hubiera sido un hombre. Nos despedimos y cada uno siguió su camino. Noté que se quedó observándome durante largo tiempo mientras me iba. ¿Acaso esperaba algo más de mí?

Al día siguiente no pude volver por diversos compromisos, ni al día posterior a ese. Fue después de tres días que pude cumplir mi promesa y pasé de nuevo por allí. Regresé al punto en donde ella usualmente trabajaba, pero solo hallé a una flaca trigueña con varios piercings encima del labio, vendiendo la idea de amor a otros hombres. Seguí caminando y tomé de nuevo el bus a casa. Seguramente era tarde y ya no trabajaba en esos horarios. A la mañana siguiente, llegué más temprano para topármela a la hora en la que yo antes frecuentaba pasar por ahí. Tampoco la encontré. Me empecé a preocupar, y acto seguido me puse a averiguar entre sus compañeras. Después de un rato, logré reconocer a su colega regordeta del día anterior y le pregunté por su paradero. Ella me respondió que había regresado a su pueblo. No sabía en dónde. Al norte, seguramente. Cabizbajo, me retiré a paso veloz de allí. Decidí no entrar a clase, y compré un sánduche de chunchullo en la fiambrería de la esquina. Me senté en una banca de la plaza Constitución, al lado de un hombre que dormía envuelto en periódicos de hace un mes. Me quedé observando la parada de buses con la leve esperanza de que la puta robusta apareciera y me diera una pequeña muestra de cariño, porque esa desazón horrible, ese apesadumbrado destino de los solitarios, no se quitaba ni con chunchullo, ni con cerveza, ni con el amor de madre ni con nada conocido por el hombre.



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Publicado originalmente en "Burbuja de Almohadones Blancos", Ediciones Chiquitico - 2013.

lunes, 31 de diciembre de 2012

Árbol En La Ventana


El árbol que da a mi ventana me odia. Esta es mi sospecha. Es un peral de algunos tres años de edad. Cuando me mudé al tercer piso en donde ahora vivo, recién había sido sembrado. En las últimas tres semanas ha crecido exponencialmente. No solo eso, sino que su corteza se ha transformado en una fuerte costra herrumbrosa, casi diabólica en su presencia. Durante los primeros días deduje que estaba simplemente enfermo, y que pronto la Alcaldía mandaría a cortarlo, borrando otro intento fallido de tinturar el inmenso monstruo de asfalto con algo de verde natural. Luego percibí que su podredumbre no se detenía, y muy al contrario, alimentaba al árbol con furiosa dedicación. Una noche de desenfreno, observé que alguien había dejado una bolsa de basura purulenta y aguada en sus raíces, y aunque mi borrachera no lo permitió en ese momento, pensé en recogerle al día siguiente. Al despertar, estaba limpio como una baldosa.

Después de una semana, un trozo del árbol se había configurado de nuevo. Ahora parecía un rostro humano.

Tiene una expresión indescriptible, como solo los objetos naturales pueden proveer. Su mueca manifiesta dolor, y a la vez odio irrefrenable. ¿Qué le he hecho yo para que me mire así? Ayer pasando por la biblioteca, vi un sietecueros con una cara retorcida en su base; sus ramas más altas estaban peladas y asemejaban unas garras expectantes. En la entrada de mi edificio el peral todavía espera; ha crecido un metro sobrenatural durante la noche. No sé qué es, pero algo ha comenzado. Esta mañana observé por mi ventana y unas pequeñas hojas entraban por el resquebrajo de ella. Sus brazos y su máscara están frente a mí. Meros centímetros lo separan del vidrio. Lo estudio detenidamente pero no se mueve. Nunca se mueve. No quiere darme el placer de verlo matarme. Pronto subirá hasta mí y me ahorcará con sus vengativas ramas. Pero esto es solo el principio de una fuerza que ha demorado en sacar las garras y afilar los dientes; un poder que los seres humanos aún no hemos reconocido y del que solo hemos abusado. El fin llega con un susurro.


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Publicado originalmente en "Etcétera" #2, Sueños Bizarres, Ambidiestro Taller Editorial - 2012

domingo, 11 de noviembre de 2012

Polvo Somos


Marco mira las estelas de luz en su cuarto, se asoma por la ventana y el viento polvoriento crepita al chocar contra el vidrio tiznado por el paso del tiempo. La porquería se siente en el aire. Observa a su hermano Clau aproximándose aparatosamente por la calle roída. Marco procura agacharse detrás de la precaria cama azul que comparten. Clau entra con la bolsa de víveres y los deposita en una mesa. Con esfuerzo se arrebata la máscara de aire de su rostro y la apoya junto a la comida. Las patas de la mesa se rompen y la leche se riega junto al jugo de tomate en una ola de colores muertos que manchan las pequeñas zapatillas de mimbre de Marco. El mongoloide se retrae y se retuerce; tumbado en el suelo se abraza a sus piernas y se mece para buscar paz en aquella estancia. La herrumbre ha sepultado la ciudad y la esperanza. Su hermano se acerca a él lentamente tratando de reconfortarlo, pero Marco se levanta sollozando y se lanza contra la pared. Gateando pesadamente (los cuarenta años no pasan solos), se acerca a la grieta oscura en una de las descoloridas paredes. La mira fijamente, calculando los universos infinitos que en ella habitan. La señala y lentamente la acaricia con su dedo índice. Su hermano Clau, preocupado como siempre. Con una expresión facial entre enternecida y fastidiada; la carga inmensa y viciada que representa su hermano mayor enfermo. Escurre una lágrima por ambos. Marco tenía razón. Esa grieta representa el Fin del Mundo: la primera señal del declive natural y de la gangrena social que han ocurrido. La luz amarilla por la podrida contaminación retumba en el cuarto y en sus cabezas. Allí en esa grieta fue donde todo comenzó; donde Marco primero notó cómo la estructura del edificio se venía a pedazos. Pero nadie le prestó atención a lo que sucedía hasta que fue demasiado tarde. Todos lo llamaban loco mientras la humanidad se acababa alrededor de ellos. El Fin del Mundo comienza con muy poco.


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Publicado originalmente en "Etcétera" #3, Filias y Fobias, Ambidiestro Taller Editorial - 2013

domingo, 28 de octubre de 2012

Burbuja de Almohadones Blancos


Las motitas de algodón que se desprenden de las paredes blancas y acolchadas de su cuarto siempre han emocionado a Tito. Más aun cuando las puede ver flotar con claridad por el aire, resaltadas por el haz de luz que se proyecta desde el ventanal en el techo de su habitación. A veces le gusta acercarse a ellas y aspirarlas con todas sus fuerzas, apropiándolas en su ser. También a veces, aspira con tanto fervor que las motitas llenan por completo sus pulmones y los empañan, haciéndolo toser terriblemente y arrojándolo al suelo. Esto no es tanto de su agrado.

Los dos guardias que siempre lo están vigilando se mantienen burlándose de él, en especial cuando lo ven tirado en el suelo, tosiendo desesperadamente sin poder auxiliarse con sus manos, por el inconveniente de andar siempre amarrado por una apretada camisa de fuerza.

Sí. Tito es, a la vista de los hombres ilustrados, un loco de remate.

Pero si yo estoy bien así, piensa Tito de vez en cuando, recostado sobre los acolchados cojines que forran el interior de su celda. Desde allí se queda mirando la pequeña ventanita que se encuentra en la parte superior de la puerta del cuarto. Ese cuadrado irrompible es su única conexión con lo que hay en el exterior. En los efímeros instantes en que se logra asomar, apenas si puede ver un pasillo gris y solitario, y una puerta igual a la suya que sin duda lleva a la habitación de algún otro desdichado. Sin embargo, siempre es interrumpido por el golpe en la ventanita de uno de los guardias, que lo sorprende y lo lanza arrastrándose de nuevo al suelo. ¡Jajajajaja…, mírelo! ¡Mírelo cómo se arrastra!, se burla el primero. El otro (lo puede reconocer por su voz socarrona), responde siempre de la misma manera: ¡Sí, jajajaja…, sí, sí!. Tito nunca los ha podido ver con detenimiento, pero está seguro de que el primero es el activo de la relación.

El punto es que Tito, a pesar de las burlas de los guardias y los percances con las motitas de algodón, está casi siempre a gusto con su actual situación. Le gusta andar girando por el suelo, de pared a pared. Le gusta el olor a polvo que su piel ha acumulado con el tiempo. El orden de los almohadones puestos simétricamente por las paredes lo reconfortan. De hecho, le parece que su camisa de fuerza es muy acogedora. Le evoca el abrazo de su tierna madre. ¿O era el de su hermano menor? Ya no lo recuerda bien. Hace tanto que está allí que ha enumerado los almohadones y a veces hasta habla con ellos. Sin embargo siempre ha estado complacido con su condición. Complacido, hasta el día en que encuentra la Grieta en una de las paredes de su celda.

¿Grieta? Sí, una pequeña grieta oscura entre los almohadones 44 y 45, justo a la altura de sus ojos. Tito la observa y no lo puede creer. Escanea de nuevo todas la paredes del lugar, como para probar que esa pequeña anomalía no es una simple alucinación. No lo es. Tito se queda observándola durante varios minutos, sin mover un pelo de su cuerpo. Es una pequeña fisura que mide un par de centímetros nada más, y que en su interior alberga el más profundo de los abismos. El primer guardia se fija en lo que sucede y se burla de nuevo, golpeando varias veces la ventanilla de la puerta: ¡Jajajaja, mírelo! ¡Mírelo nada más! ¡Cómo se concentra! ¡Por fin le va a ir bien en el colegio! ¡Jajajaja!. ¡Sí, jajajaja…, sí, sí!, responde el otro afablemente. Sin embargo, Tito no se distrae y mantiene su atención en la Grieta.

Poco a poco se acerca a ella. Con precaución cruza la celda dando pasos lentos y alargados, hasta que su cara queda frente a la fisura de la pared. Olfatea un poco a su alrededor. La Grieta despide un hedor curioso, como nunca antes ha olido. Entre frescura y podredumbre, como una mezcla de dolor y aguacates. ¿Cómo habrá sucedido esto?, se pregunta nuestro loquillo. Tanto tiempo que llevo aquí metido y nunca he visto nada así. Esta situación es digna de una alucinación, sin duda. Tito trata de interactuar con la Grieta, frotando su hombro contra ella, observando cuál podría ser el resultado de tal manipulación. Los bordes de la Grieta se mueven un poco. Tito enfrenta la situación con ahínco, y resuelto a explorar más, empieza a mordisquear los bordes de los almohadones rasgados por la abertura.

¡Jajajajaja, mírelo, es que solo mírelo! ¿Qué cree que está haciendo? ¡Se va a tirar la casita, jajajaja!, ** dice el primero. ¡Sí, jajajaja…, sí, sí!, repite el otro maquinalmente. Ambos guardias continúan dándole golpes a la ventanita, intentando llamar la atención de Tito. Pero Tito no se detiene. Con los pliegues del almohadón 45 entre sus dientes, comienza a jalar hacia atrás, tratando de quitarlo por completo y darse más espacio para revisar la Grieta. Finalmente lo logra, llevándose consigo gran parte de la pared: la abertura ha crecido notablemente, y su curiosidad también. Tito se disculpa con el almohadón 45 y encara a la Grieta de nuevo. Un viento helado y delicioso empieza a entrar por el huequito, colmando el cuarto con todo tipo de olores misteriosos y a la vez cautivantes. Tanto desconocimiento genera un pequeño ardor que crece paulatinamente en las tripas de Tito, una sensación que nunca antes ha sentido. Le asusta. Pero le agrada. Y mucho. Decidido, se lanza al suelo y con sus piernas hace palanca para lograr abrir la Grieta un poco más. Sólo un poco mas…

¡Jajajajaja, nooo…, pero es que mírelo, ¡Sólo mírelo! ¡Ahora sí fue que se enloqueció! ¡Se nos dañó la familia! ¡Jajajajaja!. Tito se detiene un momento al escuchar esta última broma; hay algo raro en la voz del primer guardia… ¡Sí… sí, sí!, titubea el otro. Tito no lo piensa dos veces y sigue en su tarea. Ha avanzado bastante; la Grieta se ha ensanchado ya como medio metro. La pared está cediendo más fácil de lo que esperaba. ¿Podrá ser…?

Tito se levanta aparatosamente y se acerca de nuevo a la Grieta. Mide su cuerpo con la abertura; se da cuenta de que por lo menos su cabeza ya empieza a entrar por allí. Comienza a colar su torso por entre la fractura que ha creado. Se sacude, tratando de abrir aún más el espacio entre ambas paredes. Tito asoma su cabeza hacia el otro lado de la Grieta: puede escuchar sonidos lejanos, ecos fascinantes y desconocidos olores, pero aun no puede ver nada, sólo una inmensa y seductora oscuridad.

Nuestro loco continúa su proeza, sacudiéndose cada vez más fuerte. La pared se resquebraja y cede con un movimiento telúrico que ensancha la Grieta lo suficiente como para que su delgado cuerpo entre por completo en ella. Tito dirige su atención hacia la puerta de la celda. Pero ya los guardias no ríen. Tito sólo escucha el movimiento frenético del llavero intentando doblegar la cerradura. El loquillo observa el abismo que le espera, y luego gira su cabeza una última vez hacia su celda. Pero si era tan cómodo aquí, piensa Tito un poco desconsolado.

No importa. Ya no hay marcha atrás.

Y antes de que los guardias puedan atrapar al loco y destruir todos sus sueños de nuevo, Tito se deja caer al vacío desconocido, contagiándose finalmente de esa extraña enfermedad llamada Libertad.


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Publicado originalmente en "Burbuja de Almohadones Blancos", Ediciones Chiquitico - Primera Edición 2013.